Divorciada 003 900 - El día que decidí quitarme mi anillo de bodas

Atravesar por un divorcio es sumergirse en una vorágine de cambios. Pero esos cambios empiezan mucho antes de llegar a ese desencadenante. Algunos cambios nos sacuden, otros nos fortalecen y los menos pasan sin pena ni gracia.

Considerando lo anterior, es difícil creer que para mí lo más duro fue quitarme mi anillo de bodas.

Recuerdo que de niña me medía los anillos de mi hermana en el cuarto dedo de mi mano izquierda y fingía que era mi anillo de casada. Lo volteaba en mi dedo para que solo se viera la parte lisa del metal, y me imaginaba cuál de los niños de mi salón iba a ser el afortunado que tuviera su nombre ahí grabado.

Cuando me casé, llevar puesto mi anillo de bodas era algo importante para mí. Simbolizaba todas esas cosas en las que soñé desde pequeña: haber encontrado mi gran amor, tener un proyecto de vida juntos, la seguridad de tener un compañero, y aunque suene poco feminista, ser la “señora” de alguien.

Con el paso de los años y el inminente colapso de mi matrimonio, las cosas se distorsionaron. Pero a pesar de las vicisitudes, las separaciones y peleas, mi anillo se mantuvo terco en mi dedo. Quitármelo significaba aceptar la derrota y mostrar al mundo que fracasé.

Mi aro dorado estuvo plantado como un roble en mi mano. Pero todo eso cambió un día que llegué a mi casa. En sus ires y arrebatos, mi esposo se había marchado una vez más. Mientras yo no estaba, había vuelto por sus cosas y tuvo la elegancia de dejarme su anillo sobre el tocador. Si todas las cosas que había vivido hasta ahora me habían dolido, esta me ardió como el alcohol.

Pero así como el alcohol arde y sana, caí en la cuenta de que debía dejar de ostentar algo que en verdad no valía nada. Así que me lo quité.

Los días pasaron, pero no me acostumbraba a ver mi dedo desnudo. No porque extrañara la prenda, sino por enfrentar lo que esto significaba. Pero a medida que mi nuevo estatus fue madurando en mi existencia, llegué a la conclusión de que no necesitaba que nadie me regalara un anillo para validar lo que soy ni lo que he logrado. Y si quiero un anillo, pues me lo compro yo sola.

Así que llegué a la joyería y compré el más lindo que podía costearme en esos momentos, pero me hubiera dado lo mismo si hubiera sido la tapita de una lata de Coca-Cola. Hasta le mandé grabar la frase “I love me” adentro en una hermosa letra cursiva. Desde ese día no me lo quito ni para bañarme. Tuve varios intentos de reconciliación con mi esposo, pero no volví a usar mi anillo de bodas. Al final nos divorciamos, pero lo que rescaté de toda esa experiencia es el compromiso que tengo conmigo misma de ser feliz y echar adelante, sea lo que sea que me depare la vida. Esa es la lección que les dejo: quiéranse y aprecien lo que valen, porque cada persona en este mundo es única, y la única que es irremplazable es una misma.

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