Divorciada 014 1000 - ¡A revolver el manjar!

Un día amanecí con ganas de hacer manjar. Me provocaba tremendamente comer ese dulce casero típico chileno, que siempre me lleva a mi infancia, untándolo a pan tostado.

Hace algún tiempo siento que todo debe ser rápido y con respuesta inmediata. Todo deber ser ahora, ¡ya! (Hasta la pizza, si no llega en 30 minutos, es gratis).

Hubiera podido ir al súper y comprar un pote, o bien agarrar un tarro de leche condensada y dejarlo hervir en una olla a presión. Pero decidí hacer el manjar de cero.

Pues bien, comienzo a echar la leche en la olla y espero que empiece a calentarse. Añado lentamente el azúcar y luego una pizca de bicarbonato. No debemos olvidar que todo debe ser a fuego lento y sin dejar de revolver.

Hasta ahí todo bien. A la media hora me comienza ese bichito llamado aburrimiento, y ya se me estaban empezando a cansar los brazos. A la hora ya me voy desesperando. A las dos horas ya pienso que esta receta solo sirve en Chile y que cuánto más podía seguir revolviendo. La mezcla seguía líquida y espumosa como un batido. Yo quería mi manjar ¡ya!

Cuando estaba a punto de apagar el fuego, diciendo que “ya, debe ser que ando de mal humor, y dice la amiga de la vecina de mi abuela que si la mujer anda de malas todo se daña en la cocina”, empiezo a ver cómo la leche comienza a espesar y a desprender un aroma a manjar delicioso.

Mis ganas de seguir revolviendo afloran y continúo sin parar, cada vez más emocionada de poder cucharear, aunque fuera un poquito de ese manjar que tanto extrañaba. Fue en ese momento que entendí algo fundamental de la vida.

Hay una canción que mi hijos cantan, que les enseñaron en la escuelita, que dice así: “Tener paciencia, saber esperar, llegará el momento, para qué desesperar”.

Todo es así, en cualquier situación, querida amiga, hasta para una nueva relación.
Absolutamente todo sigue un plan maestro, y por más que queramos las cosas ahora, ya, todo tiene su momento. No antes, ni después. No tenemos varita mágica, ni somos el genio de Aladino para que… ¡paf!… las cosas sean como queremos y feliz todos.

Cuando por fin vi el manjar en la olla, sentí orgullo y felicidad. Por muy absurdo que suene, imagínenme a mí revolviendo sin parar un líquido por cuatro horas (según pienso, porque mi olla era demasiado gruesa y el fuego muy bajo). Mi hijo se burlaba y me decía: “Mami, ¿dónde está el dulce de leche?”, y yo toda emocionada le decía “ESTO VA A SER DULCE DE LECHE”, a lo que me miraba y respondía “¿Dónde? ¡Eso es leche!”, pero yo veía el potencial en mi manjar. Yo lo estaba haciendo.

Al final me sentí maravillada. Entendí que las cosas toman tiempo, y está en nosotras tener paciencia para comprender que no todo es inmediato y que no todo tiene que ser como imaginamos que debe ser. Para poder disfrutar las cosas, tiene que haber trabajo y esfuerzo. Y así mismo funciona una relación.