31ago regina1 1000 - Regina Barletta, 80 libras después

A los 21 años de edad, Regina Barletta cursaba el último año de la universidad, en Estados Unidos. Luego de graduarse le esperaba una vida llena de oportunidades. Quería correr tras ellas, pero algo se lo impedía. Ya tiempo atrás le habían diagnosticado trastorno de alimentación compulsiva, y su pesa marcaba arriba de las 200 libras.

“Decidí que no quería acabar la universidad gorda”, relata Barletta, coproductora de la película Más que hermanos y gerente de VFX, empresa hermana de Publicuatro. Y con esa idea atornillada en la cabeza, comenzó su cruzada en busca del peso ideal.

“Lo que hace el comedor compulsivo es usar la comida para tapar un dolor mucho más grande y profundo que tiene adentro”, explica Regina.

104 libras más tarde

“Cuando volví a Panamá la gente pensaba que me había operado”, recuerda Regina. Había bajado 104 libras en nueve meses, privándose de comer y rayando en la anorexia. “Estaba escuálida, con el pellejo caído, todo muy mal. Gracias a Dios nunca tuve bulimia, pero a menudo paraba en el hospital porque me daban episodios muy serios de atracones”. Con mucha ayuda psicológica y a través de terapias, se encaminó a adoptar un estilo de vida sano y a no depender en dietas que ponían su salud en riesgo.

Admite que nunca fue extremadamente flaca, pero era una lucha interna la que dominaba sus días. Compara su condición a vivir con un monstruo adentro de su cabeza. Por mucho tiempo dominó al monstruo, hasta que se casó y quedó embarazada de su primer bebé.

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Regina, en 2013, junto a su primera hija, entonces de cuatro meses.

De vuelta al principio

“Cuando quedé encinta lo vi como la excusa perfecta para volver a lo que en verdad me gusta: la comida”, admite. “Fue un embarazo terrible, complicadísimo. Me engordé más de 80 libras e incluso quedé en cama porque del sobrepeso me dio ciática”.

Regina pensó que, una vez diera a luz, sería fácil volver a su peso, pero cuando nació su hija y salió del hospital había bajado solo ocho libras. ¿Qué hago con las otras 80?, se preguntaba. El shock de verse nuevamente así, el hecho de que le estaba costando dar pecho y la fluctuación hormonal previsible desencadenó en una depresión posparto.

“Yo hablo mucho de eso, porque es algo que le pasa a muchas mujeres. Mi caso fue severo porque llegué a tener hasta pensamientos suicidas. Me decía ‘¡esta no soy yo!’. Las hormonas me la estaban jugando y tenía que ver qué hacía para salir de eso”.

Había bajado 104 libras en nueve meses, privándose de comer y rayando en la anorexia. “Estaba escuálida, con el pellejo caído, todo muy mal. Gracias a Dios nunca tuve bulimia, pero a menudo paraba en el hospital porque me daban episodios muy serios de atracones”.

Nuevamente Regina empezó un proceso con psicólogos, psiquiatras, y por primera vez enfocó su condición como una enfermedad y no como un gusto desmedido por la comida. Buscó grupos de apoyo, encontró su verdad y empezó a sanarla. “Lo que hace el comedor compulsivo es usar la comida para tapar un dolor mucho más grande y profundo que tiene adentro”, explica. “Todos somos afectivos, todos queremos logros y reconocimiento. Al final te das cuenta de que traduces la comida en amor”.

Por el siguiente año se dedicó a ir en pos de un balance y adoptar un estilo de vida saludable, con lo que logró bajar -otra vez- de peso. “Yo quería hacerlo en menos tiempo, pero eso involucraría hacerlo mal, porque lo que viene después es un yoyo. Cuando dejas de comer automáticamente, y luego empiezas a comer de nuevo, tu peso va para arriba”, detalla.

En ese entonces se inscribió al método del especialista Bill Cortright, con quien aprendió a comer en intervalos de tres horas. “Me costó mucho porque iba en contra de todo lo que había hecho”. Lo más importante es que descubrió que no todo gira alrededor de lo que indica la pesa, sino de cómo te sientas. “Tus objetivos son diferentes a los míos”, explica. “Hay gente que puede estar feliz con 20 o 30 libras de más. Otras que no. Lo primordial es estar saludable. Eso, aliado a trabajar tu bienestar emocional, físico y espiritual, para no compensar ninguna arista con la comida”.

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Junto a su esposo, mucho antes de llegar a su peso actual.

Levantarse y seguir

A lo largo de los años Regina ha perdido centenares de libras. “La enfermedad sigue en mí, no se ha ido porque esté flaca”, elabora. “Es como los alcohólicos: recaes. Pero lo importante es levantarte, saber que no pasa nada. No eres la peor persona ni te van a dejar de querer si la ropa no te queda. De eso se trata la vida: te paras y sigues”. “Tu cuerpo es un templo, y si tú estás bien, todo lo que está a tu alrededor lo estará. Pero tienes que vivir un día a la vez. Si te toma un año, pues que así sea”, destaca.

“Mis recaídas no tratan ni siquiera del peso. Es algo emocional, de mi autoestima, de que quiero buscar una respuesta en la comida de otra cosa que no se me está dando, como un problema en la oficina o quién sabe qué. Comía hasta quedar desmayada con un brownie en la boca, literal”.

De su experiencia comparte la lucha continua por enfrentar a su monstruo. “Mis recaídas no tratan ni siquiera del peso. Es algo emocional, de mi autoestima, de que quiero buscar una respuesta en la comida de otra cosa que no se me está dando, como un problema en la oficina o quién sabe qué. Comía hasta quedar desmayada con un brownie en la boca, literal”, confiesa. Recurrió a los antiansiolíticos para tumbarse y poner un alto al frenesí por la comida. “Ya lo hablo muy fácil, porque siendo una enferma, he logrado dominarlo y que no me domine a mí”. En su último embarazo, en 2015, decidió hacerlo de la forma correcta, “por encima de mí y un día a la vez”.