1sept familia2 px - Cuando fingimos ser felices en nuestros 'posts' de redes sociales

Mi joven paciente lloraba frente a mí. “Es que todos son más felices…”, me decía entre una lágrima y otra. Se refería a las redes sociales, a sus amigas. A que todos postean felicidad, a que nadie pone nada triste. Me quedé pensando en esta manía de nosotros de evitar a toda costa las cosas que no son tan buenas de la vida, pero que, no importa qué tanto corramos de ellas, siempre acaban alcanzándonos.

Por supuesto que la alegría es buena, pero como sus otras hermanas –tristeza, ira y miedo– es necesario sentirlas todas. De otra forma tenemos una visión equívoca de lo que es la vida y menos potencial para hacer frente a las situaciones que la misma nos presente.
Así, es importante poder enojarnos para aprender cómo se siente cada emoción en el cuerpo y a reaccionar ante cada una de ellas. Entender, por ejemplo, que la rabia (que no es otra cosa más que la frustración que sentimos al no poder hacer algo), es importante y necesaria, pues bien dirigida nos evita tropiezos y malas decisiones de vida.

Me parece que nuestra sociedad está creciendo sin el cultivo adecuado de las emociones, lo que está mermando nuestro potencial desarrollo.

Los adultos socialmente estamos brindando a las futuras generaciones una visión idealizada de la realidad. A falta de esta educación, no contarán con herramientas que les permitan afrontar el dolor cuando este llegue (porque, sí queridos lectores, a todos nos llega). Es importante entender que el sufrimiento y la injusticia son parte de la vida y debe ser valorado en la justa medida, pues nos hace más fuertes.

Positivos o negativos

Muchos libros que abarcan el tema dividen a las emociones en positivas y negativas. A mí no me gusta esta división. La ira, por ejemplo, o la tristeza, no pueden ser llamadas emociones negativas. Si aprendes de ellas, entonces no pueden ser negativas. Te suman. Todo lo que suma es positivo. Las emociones son parte importante o vital del desarrollo; es desde ellas (y desde la forma como las manejemos y afrontemos) que se estructura la personalidad.

La ira y el miedo son emociones primitivas que están codificadas para protección. El miedo te avisa del peligro y la ira te da el aguante para defenderte, juntas son poderosa combinación para seguir adelante. La alegría, el amor y todas las otras más “positivas” son las que conforman nuestro ser autónomo.

Todo ser humano posee emociones desde que nace. Son inherentes a nosotros. Es cierto que no podemos decidir cuándo sentirlas, lo que sí podemos es decidir es en qué grado nos afectarán.

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Más negativos que positivos

Lo cierto es que estas llamadas “emociones negativas” son las que nos han ayudado como especie humana a evolucionar. Sentir miedo, por ejemplo, es una reacción visceral, innata y prehistórica. Sin el instinto del miedo no estaríamos aquí. Es pura sobrevivencia. Claro, hay en él un componente cognitivo y conductual de reacción que podríamos ver en otra entrega.

La tristeza, por su parte, es para mí un estado de “uno mismo” que muchas veces no es nada agradable. Es una forma de hacer el duelo de una frustración que en sus inicios nos causara enojo. Estar tristes no es malo. La tristeza da paso a cosas mejores y a espíritus más renovados. Es un dolor necesario. La tristeza hay que caminarla para comprenderla y para empatizar. Es una de esas emociones que te permite abrirte a una experiencia para poder experimentar al otro. Se le llama la emoción de la empatía, pues nos permite conectarnos con el dolor ajeno a través de la propia experiencia.

La ira, no menos importante, es la emoción encargada de ejecutar la acción de proteger. Además de esto, quiero que sepan que la ira es un gran motivador, en algunas ocasiones. Esto es positivo, sin embargo, es la emoción más penalizada y temida.

'Por siempre felices comiendo perdices...'

Es una falacia que, a mediano plazo, está haciendo más daño que bien. No hay un “y vivieron felices para siempre”. Desde donde le miremos, es terrible cómo estamos educando a estas nuevas generaciones. Los padres no podemos decir no. Los niños arman berrinches y tememos a ellos. Que los niños o jóvenes estén tristes o se aburran nos consume. Hemos sucumbido ante todo. Los valores al trasto, porque es más importante ser felices como perdices (no sé de dónde salió este dicho, nunca he sabido de una perdiz feliz).

Si no cambiamos radicalmente estos patrones educativos vamos a seguir teniendo hijos cada vez más ansiosos y depresivos. No se puede estar feliz todo el tiempo. No es normal. Tampoco estoy diciendo que se debe estar triste o rabioso siempre. Digo que debemos sentir y apoderarnos de cada una de las emociones que sentimos. Estoy diciendo que los críos deben poder sentirse frustrados, abrumados, aburridos, estresados, indecisos. Deben aprender a que esas también son formas normales de vida (y pasajeras, momentáneas) y que, sintiéndolas, deben poder moverse a hacer algo o simplemente esperar que pase la tormenta. Papás, no podemos seguir vendiendo un espejismo. Algún día no podremos o no estaremos, ¿qué va a pasar entonces?