Por la sombrita

 

Cuando nos quedábamos sin aire

texto. Roxana Muñoz

Enero 6, 2017
Hay una época de la vida en que correr es casi lo mejor del mundo.
Melissa Leyton

Algunos de mis recuerdos felices de la infancia tienen que ver con quedarme sin aire. No me refiero a las veces en que por accidente al jugar a Sankuokai o a la lucha libre, cual Martin Karadagian, me dieron un golpe en el estómago, uyyy, qué sensación tan horrible.

Me refiero a cuando me quedaba sin aliento jugando a la lleva, al congelado o corriendo nada más por correr.
Es que al ser niño, una de las cosas que más disfrutas es correr de un lado para otro, sin razón alguna. Solo hace falta espacio.  Y los malvados adultos, ahora yo estoy en esas huestes, diciendo: ‘Cuidado, te vas a caer;  cuidado, te vas a sacar una uña, te vas a sacar un diente,  las niñas no corren’. 

La verdad es que se les olvidó, se nos olvida, lo divertido que era correr por puro placer. Por eso es que ahora con mi Gabriela procuro encontrar espacios seguros, donde pueda correr. La cara se le ilumina.  

Cada vez que íbamos al interior corríamos. Hacíamos siempre carreritas. Alguien soltaba un reto tipo: ‘el último que llegue tiene que besar un sapo, o el último  se va a casar con la Tulivieja’. ¿No sé por qué inventábamos esos retos tan horrorosos? Pero enseguida partíamos todos a correr, alguno se caía, otro se tropezaba y los menos ágiles quedábamos atrás con la lengua afuera. Esa era yo.

Nunca fui atlética, sufría a la hora de correr. Recuerdo el estrés que me causó una clase de educación física donde teníamos que dar toda la vuelta al cuadro, les juro que estudié, o sea, practiqué bastante... pero hoy esta columna no es para acordarse de eso feo, sino de momentos felices en el interior.
Volviendo a ello, me acuerdo clarito yo corriendo en faldas, con chancleta de deditos, con mis dos moñitos espelucados, la frente y la sien perlada de sudor.

Bueno, una que otra vez correr no era placentero, por ejemplo, cuando alguien gritaba: “¡corrrrrre, que viene la vaca!” Nadie volteaba a ver la vaca, todos huían.  Allí sí que perdíamos la vergüenza, gritábamos y agitábamos  los brazos, a veces el más chiquito se paralizaba llorando y alguien debía cargarlo o arrastrarlo. 

Pero cuando no había vacas ni sustos, qué felices éramos.  Con los pies llenos de polvo, sorteando candelillas y piedras. Con el corazón acelerado, pum, pum, pum. Agitados, pero siempre con ganas de más.