El Blog

Sobrevivir a los carnavales de Panamá

texto. Thalia Morales fotos. La Prensa/Archivo

Febrero 24, 2017
Esta es mi confesión. Me ha tocado vivir casi de todo. He carnavaleado en Dolega, Las Tablas y Penonomé. Hasta me he perdido en varias ocasiones.

Creo que desde que era bebé mis padres me llevaban al Carnaval de Dolega, en la provincia de Chiriquí. Hacer guerras de mojadera, con cubetas de agua, y mojar a la gente con pistolas de agua era lo máximo.

Cuando estaba a punto de cumplir 12 años quería sentir la emoción de estar debajo de los camiones cisterna de la plaza, y ver qué pasaba con ese gentío que se alborotaba al ritmo de la música. Con un grupo de vecinitos nos organizamos para llegar hasta los culecos. Hicimos un trencito para no perdernos. No pasaron ni cinco minutos cuando el trencito se deshizo. Al borde del llanto y la asfixia, traté de salir del tumulto sin éxito.

Una pareja de adultos se apiadó de mí y me cargó para sacarme del molote. Carnavalié en Dolega mis primeros 17 años de vida, por lo cual me moría por ir a Las Tablas y ver qué era la gran cosa de esos carnavales.

Hasta que llegó el día. Unas compañeras de apartamento de Los Santos me invitaron a pasar los carnavales con ellas. La experiencia de llegar a Las Tablas a la medianoche de un sábado a domingo fue fenomenal. Lujo y esplendor. Las reinas aparecen en sus carruajes con sus trajes, adornados delicadamente lentejuela por lentejuela, pluma con pluma, rodeadas por personas que cantan las tonadas a todo pulmón.

Papelitos brillantes en el aire, acompañados de un descomunal despliegue de fuegos artificiales, cientos de fajas de cohetes y, por supuesto, una alegre murga que va detrás de las reinas.

La emoción corre por las venas y da escalofrío. Durante los culecos también funciona igual, solo que el agua se detiene para evitar que la reina se moje. Suena a cliché, pero todo lo que se escucha de los carnavales en Las Tablas es cierto. Pero además del donaire, los carnavales también están llenos de situaciones extrañas.

Me ha tocado vivir casi de todo... y eso que no me considero una carnavalera acérrima. He tenido que hacer fila de horas en la terminal de pasajeros para tomar un bus hacia Las Tablas con un colchón enrollable. Cuando llegas a la casa, finalmente, las cinco personas que te dijeron que se iban a hospedar se multiplicaron por 20, y solo hay un baño. O llegas a la casa y resulta que está en construcción, sin repellar, y cuando te estás bañando se filtra el agua por las paredes (si es que te tocó un baño higiénico).

He tenido el clásico amigo al que se le "pierde la cartera" justo el Lunes de Carnaval por la mañana. ¡Qué casualidad!, porque lo mismo le ha pasado por tres años seguidos. También he tenido el amigo que de verdad le robaron la cartera y el celular. Al final toca ayudarle con un poco de plata, ni modo. Y qué me dicen del que se pierde y amanece en otra casa con piscina y hasta sancocho le ofrecieron.

¿Peleas románticas? Sí, esto lo he vivido con amigos que llevan a sus parejas. Se pelean antes de ir a los carnavales, de modo que cada uno lo disfruta "soltero" y luego se reconcilian el Miércoles de Ceniza. También me ha tocado el intoxicado; el que llega con sangre en los ojos el primer viernes de Carnaval, y al día siguiente no puede ni ver una cerveza. Y eso que la fiesta dura cuatro días.

En dos ocasiones me perdí en Penonomé. Era Domingo de Carnaval y me separé del grupo, éramos como 10. Por suerte me quedé con uno de los amigos de mi mejor amigo, así que no me tocó estar sola todo el carnaval. El grupo se reencontró al final del día.

Un par de años después, me volví a perder en Penonomé, pero al menos estaba acompañada de mi cuñado. ¿Cómo uno se pierde en carnavales? Nadie lleva celular a los culecos... así que toca estar ojo al Cristo y pegadito del grupo, sin parpadear.

Antes de terminar con este bloque, se me vienen a la mente unos carnavales en los que me fracturé el brazo dos semanas antes, pero igual logré ir. El yeso me lo quitaron justo a tiempo e hice terapia física en tiempo récord.

Con el pasar de los años, he visto y he vivido muchos carnavales. Pero confieso que ya no me mata como antes ir a los culecos los cuatro días. Incluso un año viajé a Cancún... Con esto lo digo todo. Ahora, si acaso voy un día a la playa y otro a los culecos ¡y es suficiente!