Del diario de mamá

 

¿Lo malo y lo feo?

texto. Julieta de Diego de Fábrega

Marzo 17, 2017
No me hace feliz ver a un borracho dormido en media calle, ni al marido halarle los cabellos a la esposa porque le hizo ojitos al que bailaba al lado de ella.
Por primera vez en muchísimos años no estuve en Panamá para los carnavales. Ya se había convertido en una tradición para mi esposo y yo abstenernos de luchar contra el tráfico, los borrachos en la carretera y el escándalo permanente que suele activarse en el interior para esta fecha. 

La ciudad queda confortablemente desierta y no solo es fácil transitar por ella, sino que se respira una paz que extrañamos desde hace muchos años, a menos, claro, que encendamos la televisión y seleccionemos un canal local para enterarnos de qué sucede fuera de nuestra casa.

No soy ni retrógrada ni mojigata. Entiendo bastante bien la evolución de las costumbres sociales y no he pretendido jamás que el mundo podría quedarse varado en alguna época o lugar en el tiempo.

Todo cambia y eso lo acepto. Sin embargo, tener que soportar que por horas y horas solo se transmitan imágenes producto de los más bajos instintos del ser humano, de un desenfreno como pocos, no me parece agradable.

Y si uno opta por no encender la televisión entonces tiene que aguantarse que le empiecen a llegar 800 millones de videítos por Whatsapp o por cualquier otro medio cibernético.

Francamente no me interesa ver al señor bailando semiencuero, ni a la mujer que se remenea, también semiencuero, incitando a quienes la rodean a faltarle el respeto para luego ofenderse por la falta

No me hace feliz ver a un borracho dormido en media calle, ni al marido halarle los cabellos a la esposa porque le hizo ojitos al que bailaba al lado de ella.
Pero bueno, si eso es lo que los mayores de edad quieren hacer y les parece bien que el país entero los vea en esas fachas, pues qué remedio, pero a veces son jóvenes tan jóvenes que uno no puede ni siquiera confirmar si tienen edad suficiente para estar en el jolgorio. 

Y cuando digo jolgorio no me refiero a ver una parada desde la acera, sino a ser parte del desenfreno. No puedo menos que preguntarme por qué será que los medios de comunicación piensan que a uno realmente puede interesarle ver esas escenas tan grotescas, por no decir totalmente asquerosas.

¿Será que hay una especie de pacto mediante el cual todos se comprometen a mostrar solo lo malo y lo feo?
No tengo una respuesta clara pues no tengo acceso a la forma de pensar de quienes producen estas programaciones, pero lo que sí sé es que así como las películas tienen calificaciones que teóricamente restringen su exhibición a ciertos grupos de edad, igualmente las imágenes del Carnaval deberían ser “prohibidas para menores”
Lástima que no lo son, pues todos esos niños que se pasan horas viéndolas son los mismos que dentro de unos años serán protagonistas de otras iguales o peores.

Me pregunto también si habremos de resignarnos a que se exalte lo malo y lo feo por encima de lo bueno y agradable; muy por encima de la cultura y el conocimiento. 
Tanto así que a lo que se aspira es casualmente a eso: a lo malo y lo feo. Como dice una canción de los Silverstones, “me duele el corazón”.