Del diario de mamá

La generación del chat

texto. Julieta de Diego de Fábrega 

Mayo 19, 2017
Hace un par de días se ‘cayó’ el Whatsapp. ¡Oh Dios! Pensé que la humanidad entera iba a morir

Generalmente las generaciones se dividen por bloques calendario, es decir, décadas, siglos, no sé, ese tipo de parámetro es lo que suele marcar si uno es esto o lo otro. Sin embargo, ahora parece haber un evento que ha aglomerado a niños, viejos y todo lo que está en el medio, en un solo bloque: el chat.

No sé si tiene que ver con el carácter de gratuidad  ante el costo por minuto que suelen tener las llamadas por teléfono celular, o que simplemente se consigue a la persona más rápido por este medio que por cualquier otro.

Por ejemplo, si Pedro está en una reunión seguramente habrá bajado el volumen de su teléfono por aquello de la buena educación, pero el chat lo sigue mirando aunque el orador de fondo sea el mismísimo Dios.

Sucede pues que ante una urgencia verdadera o una mentirosa, uno puede mandarle un chat a Pedro con la certeza de que recibirá respuesta en un tiempo razonable. “Estoy en una reunioncita”, “no puedo hablar”, “estoy en misa”, “te llamo”; en fin, respuestas tantas como personas usted conozca, pero respuesta al fin. Ese solo hecho nos da un poco de tranquilidad pues ya se sabe que por lo menos se ha establecido contacto.

Hasta aquí suena fantástico, pero qué hay de esos detalles como escuchar la voz de la otra persona, notar si está triste, enfadada o contenta por la forma como habla; entender cómo se siente estar en un estadio gracias a los ruidos circundantes que llegan junto con la voz del interlocutor, tantas cosas que el chat no puede transmitir.

Claro, si la que está escribiendo es mi amiga I, uno sabe todo eso, pues los mensajes llegan en mayúscula cerrada, con palabras divididas en sílabas y muchas tildes donde corresponde, con signos de admiración que se desbordan de la pantalla y otras fórmulas que de alguna manera transmiten su estado de ánimo, pero yo, que para poner una tilde necesito una hora porque los dedos se me enredan, mal podría poner cuatro. Y ni me hablen de las mayúsculas cerradas pues siempre las relaciono con los que se escudan en ellas para no poner las tildes, así es que no entran entre mis opciones para transmitir emoción.

Saben  que mis chats suelen irse normalitos, rayando en aburridos, a excepción de algún emoticon –muchas veces inapropiado porque no encuentro el que quiero y me desespero– ya que pocas veces tengo tiempo para quedarme clavada frente a la pantallita para escribir lo que quiero.

Lo que me toma media hora por chat puedo decirlo en dos minutos. Así de fácil, como el libro de Sofy Guardia. Para lo que sí ayudan mucho los chats es para enviar o guardar información que uno puede necesitar después.

Una fecha de encuentro, un nombre importante –que no es contacto, solo nombre- qué sé yo, esas cosas que hay que saber. Sin embargo, igualmente esa información puede enviarse por correo electrónico y muy posiblemente sería más eficiente y más fácil de guardar, pero ¡ojo! que no sería automático, y ya sabemos que lo que no es automático e instantáneo no nos gusta.

Hace un par de días se “cayó” el Whatsapp. ¡Oh Dios! Pensé que la humanidad entera iba a morir. Por poco nos enfrentamos a una histeria colectiva, y eso que fue solo un ratito, ni siquiera 24 horas.

Dos días después del incidente se me quedó el celular en casa por todo un día. Casi regreso a buscarlo, pero me aguanté. ¡Fui feliz!