Del diario de mamá

 

¡Ese fotógrafo!

texto. Julieta de Diego de Fábrega

Febrero 17, 2017
Y así pasan los fotógrafos sus vidas, tratando de complacer a un mundo que, independientemente de ser feo, gordo, arrugado y mal vestido, quiere que lo conozcan como guapo, flaco, joven y superfashion.
 
No sé si ustedes habrán notado que la gente suele tener una relación de amor-odio con los fotógrafos. En realidad debí haber dicho odio-amor, pues primero se detestan.

Ocurre que cada vez que hay un fotógrafo presente, ya sea en un evento o porque ha sido contratado para una foto específica, los sujetos no se muestran muy cooperadores que digamos. ¡Ay, no, no me retrate!, se escucha comúnmente en los eventos, sean corporativos o familiares. Es que salgo horrible en todas las fotos, es que estoy muy gorda, es que hoy no me maquillé, suelen decir las mujeres, mientras que los hombres se van más por el camino de “no me interrumpa”.

En años recientes la cosa ha cambiado un poco por aquello de las redes sociales y demás medios de comunicación que, de una forma u otra, han ido acostumbrando a la gente a ser vista públicamente, pero todavía la presencia de un fotógrafo sigue causando cierta incomodidad. Ni entremos en los selfis porque eso ya es otra historia completamente diferente.

Creo que lo peor es cuando se necesita retratar un grupo compuesto por personas de distintas edades y comportamientos. Los viejos viejos se desesperan; los más jóvenes siempre quieren tener algo en la mano, y los del medio... no quiero hablar de los del medio. 

En las bodas sabemos que la fiesta no empieza hasta que lleguen los novios, y los novios no salen hasta que se hayan tomado foto con todo perro y gato de la familia, menos el que siempre está perdido y llega tarde, y luego se tomaron aquellas en poses amorosas que a veces duran tan solo pocos meses.

La foto familiar sin boda es aún más complicada, pues siempre hay alguno que no está conforme con el planeamiento, el lugar o la hora. Y el fotógrafo ahí pagando el pato. Las de oficina ni me puedo imaginar, así es que ni comento.

El caso es que luego de todas las amarguras de rigor, no bien se ha terminado la sesión del infierno, todo el mundo empieza a preguntar ¿cuándo están las fotos? ¿Cómo así que cuándo están las fotos, si aquí nadie se quería retratar? Esa última frase tuve el impulso de escribirla en mayúscula para que sonara en voz bien alta, pero me contuve. Así es la cosa.

A los medios de comunicación –no bien han publicado la foto– le empiezan a llover llamadas “para ver cómo se puede conseguir la foto”. ¡Pobres, como si no tuvieran más nada que hacer que catalogar fotos en base de los nombres de los sujetos en ellas! 

Aunque existe también la situación contraria que se da cuando, ni Dios lo quiera, a alguien se le ve la panza o las arrugas que tiene en la vida real en alguna dichosa foto. 
Entonces la llamadera es para regañar, gritar y exigir algo. No me queda claro qué, pero algo. Y así pasan los pobres fotógrafos sus vidas, tratando de complacer a un mundo que, independientemente de ser feo, gordo, arrugado y mal vestido, quiere que lo conozcan como guapo/bonita, flaco, joven y superfashion. Así somos. Queremos que nos vean como nos imaginamos que somos. ¡Qué dura vida la de un fotógrafo!