Del diario de mamá

Caminando lentamente

texto. Julieta de Diego de Fábrega

Julio 14, 2017
La meta era entrar a la universidad al día siguiente de recibir el diploma de secundaria.

Quienes nacimos cuando el siglo XX estaba por la mitad teníamos una filosofía de vida particular, como han tenido otras generaciones que llegaron antes o después que la nuestra. Cada una desarrolló esa filosofía de acuerdo a las experiencias que le tocó vivir y/o a las de sus antecesores que de alguna manera les fueron transferidas, inculcadas y finalmente incorporadas en el imaginario propio.

Así, quienes vivieron una guerra, una plaga o un desastre natural recorrían el resto de su vida practicando una frugalidad que en ocasiones rayaba en la tacañería, misma que muchas veces era genéticamente heredada a sus vástagos y de vez en cuando se veía incluso en la tercera generación, aunque, por supuesto, mucho menos marcada.

Aquellos productos de las eras de bonanza eran, si no lo opuesto, por lo menos bastante diferentes que los descritos en el párrafo anterior, y así nos vamos. Están las generaciones que daban valor a la agricultura, mientras que otras encontraron, y siguen encontrando, felicidad en el comercio. Con el progreso de distintos tipos de tecnología hemos ido conociendo diferentes tipos de expertos que se mueven con extremada facilidad en el mundo en que nacieron –dejando atrás a los que lo exploramos con timidez- y así sucesivamente.

Volviendo a mi generación, y sin ánimo de considerarme una experta en el tema, puedo decir que teníamos grandes aspiraciones en el campo profesional. La meta era entrar a la universidad al día siguiente de recibir el diploma de secundaria, terminar la carrera lo más rápido posible y encontrar un empleo en el que nos pudiéramos hacer viejos. Estos trabajos tenían una ruta muy específica, que pasaba por los reconocimientos al tiempo trabajado, representados por distintos tipos de “regalos” o distintivos como un pin, una pluma de oro y otros artículos de tradición.

Teníamos una meta muy clara y no dejábamos que nada nos desviara de ella.

Queríamos caminar rápido, pero estábamos dispuestos a invertir el tiempo que fuera necesario para llegar al anhelado puesto al que se le había puesto la proa desde el día uno. Suena como una incongruencia, lo sé, pues íbamos rápido y a la vez despacio. Creo que esa porción de la vida en que caminábamos lentamente, aunque quizás lentamente no sería la palabra apropiada y no encuentro una que transmita la idea exacta, teníamos tiempo para apreciar el paisaje que nos rodeaba. Paisaje en este caso representando todo lo que nos rodeaba, tanto físico como humano.

En mi humilde opinión eso enriquecía a la persona que, para cuando se sentaba en la silla grande, tenía a su favor un montón de conocimientos en la bolsa. Hoy todo es diferente, y no me atrevería a comparar a esta generación con la nuestra, porque no la he visto caminar por suficiente tiempo como para hacerme un juicio de valor.

Sé que sus miembros no miran un punto fijo en el futuro, son más bien de ir cambiando el futuro a base de los acontecimientos de cada día.

Dejan los empleos solo porque sí, aun sin tener otra rama de la cual asirse –cosa que hubiera sido y todavía es muy poco practicada entre mis pares-; cuando terminan estudios –o a medio camino- parten con dos trapos y un par de chancletas en una bolsa a conocer medio mundo; sus apegos son menos intensos, excepto por aquellos aparatos que hablan “internet”, que como ustedes bien saben es un idioma; no les gusta incomodarse y no les da vergüenza reconocerlo, son así y punto. Nosotros éramos “asao” pero siempre con una explicación por delante.

No quiero que tomen esto como una crítica los jóvenes que se preparan para gobernar el mundo en unos años, es solo un análisis, pues les confieso que cuando no entiendo algo me ha resultado de mucha utilidad elucubrar sobre el tema, ya sea mentalmente o en esta página que comparto con ustedes. Hoy no he absuelto todas mis dudas, pero por lo menos ya sé cuáles son.